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La culpa

si acepta que hay dias malos
La culpa es una de esas emociones que catalogamos como desagradables. Si bien sentirse culpable no es algo que nos guste experimentar, es cierto que nos da información valiosa sobre nuestra interacción con el entorno y de nosotros mismos. Muchas veces nos sentimos culpables por todo: por lo que hacemos, por lo que no hacemos, por lo que deseamos, por lo que sentimos, por lo que dejamos de sentir, etc.,.

La culpa surge cuando creemos que nos hemos equivocado o nos estamos equivocando, cuando juzgamos nuestros actos, o incluso nuestros pensamientos. Aparece al contradecir una creencia propia relacionada con algún valor importante para nosotros. Además no solo influyen nuestras normas personales también las sociales o las del entorno, especialmente si hemos hecho daño a alguien (o lo haríamos al tomar ciertas decisiones). Ya desde nuestra tierna infancia integramos normas sobre cómo debemos actuar a través del entorno, la educación y, en muchos casos, la religión, y cuando las transgredimos es cuando aparece dicha emoción: nos sentimos culpables.

La función de la culpa radica en hacer consciente una situación, para así buscar cómo arreglarla. Desde mi punto de vista, el mejor antídoto contra quedarme atascado en el sentimiento de culpa es saber que estoy aprendiendo. Mis equivocaciones tan solo son un proceso de aprendizaje y autodescubrimiento, en lo que me equivoqué ayer no me equivocaré mañana. Aprendo de mis errores y entiendo que no soy, ni nunca seré perfecto. Soy flexible conmigo y entiendo que quedarme atrapado con la culpa no me permite avanzar.

Existe una culpa que no es adaptativa, es aquella que no tiene una razón objetiva en sí para aparecer y resulta muy destructiva. Se da en personas muy perfeccionistas o con tendencias depresivas. En estas ocasiones la aparición recurrente de la culpa resulta de un sistema de creencias muy restrictivo y limitador.

Del mismo modo, si los actos o actitud de otro me han dañado, buscamos que éste se sienta culpable. Esto a veces ocurre cuando no somos capaces de aceptar las limitaciones del otro y lo hacemos responsable de nuestro malestar y de curarlo. Aquí es importante recordar que no debemos depender de los demás para sentirnos bien, no puedes hacer responsable de cómo tú te sientas a otro. Evita echar la culpa, hazte responsable de tu malestar, pon límites. Sino le darás todo el poder a esa persona y tú adaptaras un papel de víctima que no te llevará a la acción. Todo tiene que empezar por algún lugar, y que mejor que primero uno mismo. Ser responsable tiene que ver con liderar nuestra vida, pues la responsabilidad no deja de ser la habilidad de responder ante las situaciones que se nos presentan. Si alguien te daña es tu responsabilidad marcar tus límites. 

 

Arantxa Moliner. Psicóloga emocional y Educadora sexual

 

 

 

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