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Deseo

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Hablemos de deseo, en especial, de deseo femenino.

En general, a las mujeres, les han enseñado a no mostrarlo, o al menos no de manera explícita. Si lo hacen ha de ser de manera sutil, nunca como sujetos activos y raramente tomando la iniciativa. Incluso les repiten una y otra vez que las mujeres no tienen tanto deseo sexual como los hombres, y muchas acaban pensando que el problema lo tienen ellas cuando tienen más apetito que sus parejas hombres. Esto también ocurre con la comida, se da por hecho que una mujer debería tener menos “apetito” que un hombre. En ambos casos, se les enseña a auto controlarse, a no mostrar y explicitar lo que realmente quieren e ir a por ello. No es de mujeres tener un gran apetito (y esto podría englobarse en muchos aspectos, como la ambición). Es una de las consecuencias que aún arrastramos de la educación de género. Parece que seamos como pajaritos que con poco nos basta. Se ha convertido en una cosa normal. Incluso si tenemos deseo, en las relaciones heterosexuales, culturalmente no debemos expresarlo hasta que él lo exprese. En el primer contacto, si lo hiciera podría ser vista como promiscua, como una chica fácil o como un rollo de una noche, descartándose como potencial pareja. Él debería expresarlo primero (pues existe también la creencia de que ellos siempre tienen ganas, otro mito a derribar) y así despertar el de ella después. Parece como si su deseo no pudiese manifestarse sino lo hace él en primer lugar.

Socialmente se enseña que el valor de una mujer depende de cuánto es deseada. Están pendientes de ser atractivas para los demás, de que las miren, que las alaguen, de entrar dentro de los cánones de belleza (los que en la actualidad dicen que son los deseables, pues éstos van variando). De este modo, muchas viven buscando ser deseadas, pero no deseando. Aparcan el descubrir que despierta su deseo, para centrarse en despertar el deseo de otros. Además se enseña que las mujeres tienen que contenerse y suministrarlo (y no solo la primera vez): las mujeres son las que permiten que haya sexo, dado que los hombres siempre tienen ganas. Ejercer este papel como de guardianas y protectoras de su entrega sexual que dificulta el dejarse llevar y conectar con su deseo.

El deseo se alimenta de la novedad y la espontaneidad, algo que comulga bastante mal con la rutina y nuestra necesidad de seguridad. En nuestro día a día hemos pasado de ser un cuerpo a ser máquinas que producen. Existe un estrés importante para compaginar la vida profesional y personal, que incluye familia y amistades, que hace que los sentimientos comunes sean de cansancio, insatisfacción y sufrimiento por no llegar a todo. Es como si llevásemos varias vidas a la vez. Además muchas veces se suma el perfeccionismo y la exigencia, mezclándose con una inevitable culpa al no llegar a los estándares. Todo esto genera que nos desconectemos de la escucha del cuerpo y sus necesidades. Se reducen los espacios para descansar y relajarse, del disfrutar por disfrutar, sin ser productivo. Pero, ¿cómo y dónde metemos el deseo sexual en todo esto? Sobre todo cuando la estrategia de la mayoría utiliza desconectarse de lo que necesita y de su cuerpo (y finalmente del deseo) como estrategia para llegar a todo. Está es la estrategia inconsciente de muchas mujeres: desconectarse de sí mismas, para así poder satisfacer las necesidades de los demás antes que las propias. No es posible la relajación, hay demasiados frentes que atender. Sin un momento para parar, se pierde la escucha.

Además cuando se tienen espacios propios, cuando la pareja no está siempre junta, entonces la mente tiene tiempo para echar de menos, y en su ausencia se desarrolla el deseo y aumenta el anhelo. A veces perdemos la libertad personal por el miedo de perder la conexión con el otro. Pero es la fantasía la que mantiene vivo el deseo. Para fantasear es necesario darle espacio y tiempo a la mente para explorar, curiosear y desarrollar ideas. Aunque tampoco se pueden olvidar los espacios de intimidad de la pareja, ingrediente indispensable para que aparezca el deseo. Momentos para reírnos juntos, conectar sobre cómo estamos y sentimos, cuidar y sorprender al otro, compartir actividades. Y es que al final, todo consiste en encontrar la mezcla justa de intimidad y anhelo

 

Arantxa Moliner. Psicóloga emocional y Educadora sexual

 

 

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